Los Anillos y la Humanidad

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Anillos varios.

Nine for Mortal Men doomed to die…

De niño me leía los Conan y los libros de Lobsang Rampa, Cartas de la Atlántida, Las Carrozas de los Dioses, junto a Verne, Twain, literatura universal, Sindbad y los cuentos de Sherezade… ¡Uff qué enciclopedia genial era El Nuevo Tesoro de la Juventud! Y ni se diga de Mundo Submarino, y otras que… bueno el post no va de las enciclopedias que leí de niño.

Bueno, gracias a esas lecturas (no las enciclopedias) y a mi abuelo materno, yo creía en el poder de los siete rayos, los signos zodiacales, la sabiduría milenaria, los maestros iluminados, los viajes astrales, Mu, Lemuria y la Atlántida.

Y, ¿por qué no, si era justo eso lo que leía? Era apenas un niño; ustedes, al contrario, no tienen pretexto para sus creencias paleolíticas. Liberarse de la religión es más fácil si se lee mucho desde niño. Uno se da cuenta lo pésima, mal pensada y peor escrita que es la biblia—cualquier libro sagrado—y va encontrando similitudes sospechosas por todos lados, sin contar que en cuanto se descubre el método científico, todo falla las pruebas más simples.

Además de los libros y cuentos, las películas ochenteras de aventuras eran una delicia. Los dioses del Olimpo, los heroicos semi dioses, las hermosas diosas y heroínas, stop-motion. Y por si fuera poco los libros de geografía y las revistas sacaban especiales de gemas y joyas parecía que cada semana. Las joyas eran—y jamás han dejado de serlo—algo raro y hermoso, fascinante, que nos habla en un nivel muy profundo.
Perdí una hermosa aguamarina, y aún conservo un pequeño rubí rosado que me regaló mi abuelo paterno; siempre quise una esmeralda.

Supongo hay cat-persons, dog-persons y ring-persons. Me han gustado desde que tengo memoria.

De mis primeros uno de esos apilables de pareja, en sterling (92.5% plata) mexicana, que compré en Guanajuato en el Cervantino, porque amigas, supongo, y otro me parece recordar de mujer desnuda. Se nos dice nacos, lo sé.

Luego tuve uno triple entrelazado prácticamente de alpaca o una plata muy chafa que se ponía amarilla. Igual uno martillado, misma plata “de Taxco” chafa. Aprendí que los anillos de plata decentes no estaban en los stands de las ferias y tianguis.

Después tuve algunos de colores de tejido plástico sintético, chillones con diseños geométricos en blanco, no feos, pero… plástico.

Mi difunta prima Jazmín me regaló—medio a regañadientes, y cuando estaba viva—uno de dos que se compró en Taxco, el feo obvio. Siempre me quedó enorme y en ningún dedo bien, y apenas hace unos meses en 2018 lo llevé a ajustar con Giovanni (¿Geovanni?) en Manos de la Tierra, que por cierto pan comido para él; es un orfebre nivel máximo.
Es algo muy sencillo, una banda tradicional angosta con estampado tipo sello, nada demasiado artesanal, y más bien genérico, y por ambas razones ni me lo pongo.

Anillo de plata con grecas.

El de Jaz :'(

Conocimos los Swatch Bijoux, anillos hermosos de acero inoxidable, de diseños muy pop y eye-candy y fashion, con la manufactura perfecta tan atractiva y satisfactoria que solo las máquinas pueden lograr, y con nombres absurdos y ridículos igual que sus relojes—Virility, válgame. El de grecas era del diario—no entiendo ahora como pudo gustarme algo así; no representa nada para mí, aunque ahora me entero el diseño es una greca griega (un meandro) muy tradicional. Aún lo tengo, y a la venta, tengo años de no usarlo. Era de la SCT.

El elegante—el Virility, ugh, del que también compré en su momento el brazalete—pues para salir de antro con la banda. Igual aún lo tengo y en excelente estado; nada fácil con un anillo de espejo. Dejé las fiestas fancies hace mucho, pero a final de cuentas aún existe porque shiny! Es sin duda el más superfluo, el más banal; es solo un adorno brillante.

Luego tuve uno que entonces me parecía hermoso y que me quedaba / representaba en su momento, o eso creía: en retrospectiva uno siempre ha sido en realidad como es ahora, y no entendemos mucho a nuestros selves pasados. Digo que uno igual Swatch de acero, una banda con pasta negra formando olas negras y plateadas: el mar. La pasta obvio al final se rompió de un pedazo.

La idea, esa conexión oceánica aún la tengo, siempre la he tenido, pero negro—pasta, plástico—con el plateado clínico, azulado, e inhumano del acero inoxidable, ahora considero ridículo y exagerado, poco realista—si acaso la joyería pueda ser realista. Así que lo vendí. Además en retrospectiva parece tribal y ugh.

Por ahí también compre un par de argollas de rodio (o chapadas en rodio, jamás supe) marca Nice, más bien para ayudarle a una conocida que vendía: eran bandas huecas (o daban toda la impresión de serlo), con un plateado grisáceo agradable, pero pues chafas sin más.

Anillo banda de rodio.

Así, pero de rodio; este es plata.

Dejé de usar anillos durante mucho tiempo, quizás de repente el elegante—pues lo nuestro era salir cada fin, o en alguna pasarela de Self Imagen—pero jamás dejé de buscar alguno que me gustara medio de reojo; el Swatch de grecas fue el último que usé en serio.

Años después, apenas de hecho en 2018, encontré uno en Tierra Madre, una joyería artesanal en la calle que da al callejón John Lennon en Puebla (la que no es de Geovanni), de latón y según plata (pero me parece que es muy impasible la aleación para ser plata—ciertamente que 925 no es, pero eso me preocupa muy poco, solo me gustaría saber exactamente qué es), que me gustó muchísimo y tuve que pedir en un tamaño adecuado. El latón va manchando los dedos conforme se usa, un par de capas de varnish de uñas hace el truco, pero temporalmente. Es engorroso, huele feo al inicio, y me hace evitar usar un anillo que me gusta mucho. También va opacando su hermoso brillo con cada uso y hay que limpiarlo ligeramente de nuevo; así son las aleaciones de cobre.

Los anillos en el fondo son solo conchas de mar, piedras encontradas al caminar. ¿Por qué desde antes de ser homo sapiens ya nos gustaba tanto la joyería?

Sí, antes que a algún sofisticado neandertal se le ocurriera amarrar y colgarse la primera piedra, concha, e inventara la joyería hace más de 100 mil años, eran justo las conchas y las piedras lo que los homínidos de antes guardábamos y valorábamos—recoger conchitas es aún una actividad obligada en la playa, y buscar por alguna piedra hermosa en el río, en la montaña, algún cuarzo en la gruta, una necesidad genética.

Las particularmente hermosas, representaban incluso tótems, eran talismanes contra el hostil e inexplicable mundo. Y, ¿por qué no?, usar su poder—un poder psicológico y social, que no físico—a nuestro beneficio e inventar la religión de paso fue una consecuencia natural.

Los anillos al ser una evolución de las joyas naturales más elementales—al ser más complejas y sofisticadas, pues—tienen el poder adicional, al de la protección de un amuleto quiero decir, de ser avatares de una faceta de su dueño—de su portador, en el sentido más literal; de una faceta de su vida.

Así, nos damos el lujo de asignarle un valor adicional, espiritual, a lo material. No sea que nos demos cuenta que en realidad simplemente nos gustan las cosas brillosas y bonitas, como los animales que somos; nunca nos ha gustado que nos recuerden de donde venimos. Los changuitos que quedan son lo suficientemente distintos a nosotros para haber librado nuestro exterminio, no como los otros homo—humanos.

Si nos esforzamos en asignar valor esotérico a lo superfluo, ¿no significa esto que en realidad el objeto tiene más valor que el material? ¿Para su usuario?

Hace como un mes, un artesano cubano que conozco me vendió uno de carey. No me enorgullece particularmente; el anillo es hermoso, eso sí. Pero es que para mí, el carey se ve a infancia, a las pulseras que mi madre y sus hermanas tenían; antes el carey era muy común.
El anillo del diario—pero auténtico—ideal.

Anillo de carey.

Anillo de carey.

Seguí buscando alguno, medio inconscientemente, y de repente con ganas de encontrar, nada fácil pues hay miles online; el problema es que entre tantas opciones encontrar uno que “te hable” no es tarea sencilla. Incluso mejor diseñé y dibujé uno—de olas de mar imitando un estilo japonés muy característico, basado en una raíz de árbol que mi hermana pintó—que algún día le daré a Geovanni para que me haga, igual le llevaré a engarzar mi rubí. Tal vez.

Ola de Hokusai de raíz.

Entonces, encontré de casualidad unos Otomanos hermosísimos, sacados sin ninguna duda directamente de lo Persa, Moro, Élfico, del medio oriente, de la ruta de la seda, de los palacios llenos de almohadas—y el mundo feminista y post-moderno me perdone—harems y… odaliscas, concubinas de vestidos vaporosos y joyas dignas de robar. Se ven en el las escafandras que usaban los buzos del Nautilus, y los barrocos trajes espaciales pre-plaga de antiguos ultranautas—steampunk victoriano.

Vi mil modelos, con mil diseños y filigranas y encajes, y cota de malla real, con aguamarinas, amatistas, ágatas, ónices, zafiros y su azul mar profundo en el que te pierdes con facilidad, ámbares y su calidez que huele a nuestros bosques y humanidad perdidos, esmeraldas que prenden con la luz del color de la espada láser de Luke en Jedi—en Return of the Jedi, obviamente—granates con su recubrimiento de “brillo innatural” sobre el rojo cereza de sus centros. Vi anillos que antes seguramente estuvieron en cofres del tesoro en Diablo y anteriores RPGs… y posteriores, en Dragon Age también. Vi anillos que de tener tantos, por fuerza le han robado al Rey Conan. Vi gemas que Lindenbrock cortó y pulió a partir de los cristales brutos que iban recogiendo en su descenso, que luego Axel pondría en los dedos de Gräuben. Vi esmeraldas que al fin algún ladrón logró—aún no se sabe como, pues se transformaban en piedra al abandonar el pantano—llevarse del Oráculo Esmeralda de Krull. Vi tres anillos para los Elfos, siete para los Enanos, y nueve para los mortales Hombres condenados a morir.

Quiero decir que encontré el anillo de un nerd real, uno que jugó noches interminables D&D—y aún conserva sus dados—que vio todas las películas y leyó todos los libros mientras jugaba y aprendía a hablar en Basic en la Commodore 64, que sabe porqué Tolkien es malísimo, Lovecraft bueno, y Matheson excelente, que le queda claro el problema actual de las películas y series es el de Superman II: The Richard Donner Cut. Uno que odia y ve con shock, incredulidad y desprecio la enorme mayoría de películas y series de fantasía y ciencia-ficción modernas. Y entiende y puede explicar el porqué, aunque sus interlocutores normalmente carezcan de las bases o el interés para seguir el hilo—porque plot y dei ex machina son suficientes para las masas que babean Marvel y Star Wars. Vaya, un Nerd, no la mariquez actual (¡todo es una mariquez actual!) del cool nerd que en realidad es un poser ignorante como un youtuber, que cree Stranger Things y Tarantino son cosas de nerds; un Nerd es una enciclopedia. Y ha leído varias completitas.

Después de una muy difícil selección por eliminación (la manera más fácil de seleccionar siempre es eliminar lo que menos te gusta), editar imágenes para comparar, y hasta pedir alguna opinión ajena y objetiva, que duró días, me decidí por este que tien/ ¡uff, se miraba una absoluta belleza, una literal joya!

Directo de Estambul—Bizancio, Constantinopla—Turquía (username checks out), resultó aún más hermoso de lo que asumí, superó todas mis expectativas.

Es una cosa digna de verse; una joya en todo el sentido de la palabra, una piedra hermosa, un amuleto y talismán, la prosopopeya de un nerd en un anillo, y la verdad es que estoy feliz como el niño chiquito que en el fondo soy—otra faceta—con mi asombroso anillo de esmeralda.

Después de usarlo unos días, está formado por dos hojas de filigrana soldadas (más la corona y gema—que más bien es zirconia cúbica), que resultan obviamente mucho menos sustantivas que algo sólido, o con la filigrana descansando sobre algo sólido, y se dobla y abolla muy fácilmente; cualquier caída sería su ruina. Además que a pesar de lo que el vendedor me dijo, más bien es talla 10, está raro por que por su forma queda muy bien y no se cae, pero las medidas dicen otra cosa. En fin, que aún estoy dentro del tiempo de devolución sin costo y lo sigo evaluando.

Justo después compré uno de bronze y plata, esmeraldas y zirconias, que supuestamente sustituiría al Otomano cuando lo devolviese, pero resultó además de latón y zirconias cúbicas (que, insisto, el material no importa, el latón es igual al bronce excepto en color, las zirconias brillan casi tanto como un diamante y son usadas para remplazarlos con regularidad), una talla más grande y la verdad es que se ve bastante peor que en las fotos originales; afortunadamente lo de la talla y pude devolverlo sin problema. De Turquía también.

Compré ese porque ganó entre otro de plata tallada, igual Turco, todos Turcos, con motivo floral que hubiera mandado pedir desde antes, en vez del que no me quedó ni gustó. Veremos que tal cuando llegue.

¿El siguiente? Quizás uno de galaxias espirales (si me conoces dirás “¡obvio!“) o uno realizado a partir de una moneda, una rupia de plata hindú. Ya todos saben la importancia de las rupias… en los videojuegos, ¿cierto? Aunque el de la rupia si me pareció algo caro en 2 mil pesos; por otro lado, hacer anillos a partir de monedas no es cosa sencilla. Aunque yo creo que ya ninguno, esto era antes de pedir el de piedritas que regresé, y el de plata tallada.

Tips para comprar anillos.

Artesanal > industrial.
No te compres uno a lo menso, ve otros, otros días. Recuerda que los anillos industriales, genéricos—anillos de mall—los puede comprar y de hecho los compra una cantidad enorme de gente, y al menos a mí tener algo que tienen todos no me interesa. No entiendo a esos que usan joyería súper fea y genérica, ya sea artesanal o industrial, ugh, ¿qué no ven la porquería mal hecha en la que tiraron su dinero?

Que te quede.
No solo de talla, sino que el diseño sea algo que tenga relación contigo. Colgarse algo solo por adorno, es solo un adorno banal y como ya dije, no está mal, pero tus piezas pueden tener significado ulterior para ti. Comprar un signo metalero de acero inoxidable chafa, solo dice de ti que eres joven e ignorante, mientras que un anillo de bambú con ámbar incrustado tiene más interpretaciones posibles.
De talla es preferible que quede algo suelto a muy justo.

Ser original es imposible; hay que ser auténticos entonces.

¿De qué material?
Las aleaciones de cobre—el latón y el bronce—manchan verduzco (cobre, duh) dependiendo tu PH pero más bien siempre manchan algo. Y van perdiendo el brillo a lo largo del día y más bien luego luego—se pueden pulir muy fácil a prácticamente espejo y se ven hermosas—pero el que manchen es importante. Estas aleaciones son las que han estado con nosotros el mayor tiempo, son metales pre-industriales, y por tanto más cercanos a nuestra humanidad perdida.
La plata 925 (llamada sterling) tiene menos plata (0.25% menos) que la 950, lo cual es ridículamente poco, así que no caigas por esa falacia. La 925 de hecho se desgasta menos y se mancha menos que la 950; resulta que la 950 al ser más plata es más suave y por tanto más fácil para los artesanos de trabajar y por eso ellos dicen que es mejor. La plata siempre tiene cobre y también mancha la piel un poco, sobre todo si está pavonada, y también pierde su brillo muy rápido, y aunque es igual facilísimo pulirla, ten en cuenta que cada pulida te llevas algunas capas atómicas y solo estás adelgazando innecesariamente tu pieza; si quieres algo que brille mucho dale al acero inoxidable, que al ser más duro pierde menos su brillo.

Con los de materiales orgánicos—madera, ámbar—hay que tener más cuidado pues son más frágiles, y de cualquier manera duran mucho menos que uno de metal.
Los de piedra—como jade—son particularmente de cuidado: se te caen una vez y adiós.

El material en realidad no importa mucho, siempre y cuando sea duradero. Considera además como se verá después de años de uso; uno hecho de alguno de los metales suaves, gastado e indentado, tiene más encanto que uno de acero inoxidable con desgaste similar: en el artesanal el desgaste es esperado y natural, en el industrial es una traición de nuestras factorías al fallar en permanecer perfecto por siempre. Es curioso, hace años pensaba lo contrario, que los de acero eran superiores precisamente por ser un metal más duradero.

¿Dónde comprar anillos?
Los stands de las ferias grandes, y no artesanales—esas que venden puras mexican chinaderas, que en español significa “basura para los gringos”—tienen invariablemente plata muy chafa. Mejor ve a una joyería artesanal en el centro de tu ciudad, o feria artesanal; si vives en destino turístico tendrás muchas más opciones. O cómprate uno en algún viaje: esto crea, fija más bien, un recuerdo muy fuerte—de se asume algo padre, aquella vez que fuimos a…—que experimentarás cada vez que veas el objeto.
El recuerdo será algo placentero hasta que, gracias a la pinche vida, se convertirá en doloroso. Asignar una ocasión a un objeto es un ejercicio mental de memoria muy útil.

El tamaño.
En general, deben quedarte justos pero no apretados, y de mañana aprietan más que de noche. Con anillos grandes y especialmente los que son más anchos y pesados de frente, es buena idea considerar medía talla más para incrementar la comodidad y usabilidad. El contra es que quedará ligeramente suelto y—dependiendo del diseño de cada anillo, obvio—se notará como movimiento de la pieza y te resultará algo preocupante, aún así es mejor acostumbrarse a un poco suelto (y media talla es menos de medio milímetro, no es suficiente para que el anillo se te salga), que sufrir un anillo grande y ligeramente apretado que resultará incomodísimo y casi nunca te pondrás. Probando es la única manera.

Hice este post por mi nuevo anillo, así que, ah, ¡el precio! La verdad es que bastante menos que lo que cualquiera pudiera imaginarse; de hecho hice la cuenta por curiosidad y mis anillos promedian menos de mil pesitos. Los Swatch han subido mucho de precio, incomprensible pues son producidos en masa y de acero, pero pues el odiado branding y mercadotecnia a fin de cuentas, contra lo que “realmente” representa la joyería, si hago el promedio con lo que me costaron en su momento, el promedio da poco más de 600; nada demasiado ostentoso, que es algo imperativo para mi, por mi forma de vestir, gusto personal, estilo, etc.

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