Las ánimas del Día de Muertos

[Tiempo de lectura 6 m]

Cementerio de pueblito.

Siempre me ha gustado—si fuese yo un escritor, si supiese escribir—empezar las historias en medio de la acción: “despiertas en un campo polvoriento, tanto que no puedes ver más allá de un par de metros, estás rodeado de muertos, ¿guerreros? ¿Un campo de batalla? Te levantas, o intentas hacerlo y te das cuenta que…” es un comienzo genial para una campaña de D&D; quizás la técnica también funcione para algún cuento corto.

La cosa es que varios amiges (perdón, así se tiene que hablar ahora a riesgo de cometer un gafe terrible) me han sugerido que debería escribir un libro, una novela de Ciencia Ficción por ejemplo. Los ilusos creen que sé lo suficiente y que no haría tan mal papel.
El problema es que sí, me gusta escribir y me imagino haciéndolo, me imagino algún personaje, alguna situación, pero muy por encimita, y no tengo ni idea del tema. Dejando de lado la historia general (astronauta supera infinidad de problemas en Marte, cuenta chistes cada cinco minutos, todo mundo cree es una buena novela), no sé ni siquiera si sería una novela o cuento corto, o algo real tipo Miller y Bukowski, que bueno, esos no tenían pena para escribir, o les importaba muy poco lo que sus amistades y conocidos pensaran de ellos. Yo no podría.
Digo, no sé ni que forma tendría, de que trataría, nada.

Y por eso me vine al cementerio, para ver si el tan trillado cliché de la inspiración funciona. Casi es medianoche y desde el lugar que escogí—una cripta deshuesada y resquebrajada, con la leyenda ya borrada por el tiempo—puedo ver el árbol de la bruja del tesoro de Tom y Huck, así que puede ser que algo haya de cierto en el cliché.

¿Saben quién si escribía bien sobre cementerios? Uno que narraba de la cruz de hierro maldita, y las ánimas que se oían desde afuera de la casa—justo en esta época, en su cuento. ¿Cómo se llamaba? Y hay muchos, unos pueden lanzar una retahíla de calificativos descriptivos y con un gusano, una puerta a otros mundos, y algún continente perdido salen del paso. Otros echan mano de extraños ángulos de profundidades espaciales insondables. Pero no puedo recordar a ninguno ahora, y miren que los he leído a todos.

No importa, la cosa era encontrar inspiración, no recordar viejas lecturas, que para leer ya tendré tiempo cuando regrese a casa.

Puedo discernir, ahora que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, como los espíritus y fantasmas comienzan su procesión: van a visitar a sus vivos, hoy es día de todos los santos me parece, siempre me confundo un poco con esas fechas, ¿es el 1 o el 2, o el 28?, a ver que hay en sus ofrendas, a ver que ha pasado desde que ellos faltan. No es que entiendan gran cosa, todo mundo sabe que los fantasmas de los vivos, los muertos, son tontos; algo se pierde en la muerte, el neocórtex no puede con ella, la densidad de información que manejamos en vida no cabe en nuestras futuras ánimas vaporosas, y por tanto solo recordamos a hacer lo más común: caminar, donde vivíamos, nuestros parientes. Y particularmente en este día—los muertos pueden vagar cuando quieran, pero entre más viejos más olvidan—y gracias a la fiesta enorme, la rebambaramba que hacen los vivos en estas épocas, es que se les facilita escuchar y se paran más bien a ver que tanto alboroto, y después de titubear desconcertados comienzan su penitencia hacia sus casas.

Y no podía uno esperar otra cosa, ¿no? De que son tontos, quiero decir. Al morir algo tiene que cambiar, si no estamos para creernos tanta sandez de las religiones principales; uno muere y con ello muere uno, y solo queda la sombra de lo que uno fue.

También esta es la razón que se vean fantasmas en todos lados, y el que tenga gatos sabrá de lo que hablo. En principio uno pensaría que deberían estar solo en los cementerios, cerca de sus cuerpos, o bien en donde murieron, si es que murieron una muerte trágica, pero no: andan por todos lados. Es que salen de visita y a veces no les da por regresar a sus cementerios y se quedan por ahí, en sus casas o a medio camino, y así se van perdiendo poco a poco, por eso nadie sabe nunca que es lo que quiere un fantasma. Esto y lo que ya mencioné que son medio simples.

Se me olvida el tema, ¡si les digo que escribir no es tan sencillo! Ajá… Inspiración. Para escribir un libro, ¡qué risa! Como si fuera la cosa más fácil del mundo. Como creo haber mencionado, la Ciencia Ficción me gusta, y quizás me saldría algo decente, aunque mis estándares no son blockbusteros, o sea escribir Star Wars cualquier bruto puede; escribir Lem solo él podía, y dejó de poder. Tal vez algo más sencillo sea una colección de cuentos cortos, de ci-fi y de terror, de realismo mágico.

Caray, no había notado que además de ver a los muertos surgir vaporosamente y a jirones (esa palabra es obligada cuando se escribe de los muertos) de sus tumbas, también es posible escuchar a las ánimas penantes, sus lamentos largos ululan, han dejado de ser voces humanas hace mucho, tan solo son notas largas y lastimeras que se pierden en el follaje y en la tierra. ¿Qué querrán decir? Por más que les he estado poniendo atención, no logro discernirlo.

¿Será que estén preguntando direcciones? Digo, por mucho que estén muertos y tengan una consciencia muy limitada por falta de pensamiento superior, no creo que les haga mucha gracia despertar, de noche, encontrarse con su cuerpo etéreo, y encima no tener ni idea de que se supone deban estar haciendo. Quizás las quejas solo son porque desean volver a dormir.

¿Cuánto tiempo durará un muerto hasta que muera de verdad? O lo que es lo mismo, ¿cuánto tiempo vivirá un fantasma?
Se tiene noticia de fantasmas muy viejos, seguro que tu ciudad tiene uno con tres o cuatro siglos de historia. Sin duda habrá algún fantasma prehispánico por ahí… Aunque no, los muertos prehispánicos se iban al Mictlán y a Xibalbá, y por esto es que no tenemos que sufrir a los antiguos emperadores Mexicas y Mayas, quejándose aún de los Españoles. Seguramente. O, ¿a ver que alguien me diga ha visto un fantasma prehispánico?

Los recién muertos sí que pueden comunicarse con los vivos. ¿Cuántas veces no hemos escuchado en las noticias que una aparición dio con el asesino? O el tesoro enterrado que el fantasma le dio al justo heredero. Y la ciencia aún no sabe responder porque es que van perdiendo cognitividad. ¿Cogniscismo? Pero el hecho es que la van perdiendo poco a poco hasta que ya ni por instinto se paran y entonces ya se quedan en las entrañas de la Tierra, será como en aquel círculo infernal donde el poeta los pasaba pisando—a las almas condenadas—y le contestaban con gimoteos y balbuceos.

Me desvío de nuevo.

Venía por inspiración y creo que lo único que he encontrado es frío, además de la procesión de los fantasmas que por lo que veo ya va de menos. Cuando empezaron a salir, por ahí de 1am porque tampoco se puede esperar que los muertos salgan puntuales, eran muchos, y ahora solo se ve alguno que otro dando lástimas. Incluso le he tenido que decir por donde a dos o tres, señalando; hace mucho frío para hablar.
Total que no me inspiro nada, mi café ya no me sabe y además ya se acabó, mi pipa ya se quedó sin tabaco, mi chamarra parece de papel…
Las preguntas aún me parecen interesantes, ¿por qué dejarán de pensar los fantasmas y cuánto durarán vivos? Quizás me sirvan para escribir algo después, pero para haber pasado no se cuantas horas aquí en esta lápida tan fría, pues no es tanto.

x_x

Por unos minutos me quedé en introspección, pensé varios pensamientos de esos buenos, que uno tiene que escribir luego luego para poderlos tuitear y que nadie nos los gane, pero como no puedo escribir con los guantes, pues ya los olvidé, además seguro ya se me acabó la pila; es sabido que la energía fluye diferente en los cementerios. Y la neblina ha aumentado tanto o más que el frío: es una neblina verde y enfermiza, pesada, como la de la ciudad de los nueve—mire usted, ciudad de los muertos—que no deja ver nada.

x_x

Solo se escuchan los grillos. Las ánimas ya tienen rato de no salir ninguna. Los lamentos esos sí que se oyen a lo lejos, ya en las calles y las casas. Estuve a punto de quedarme dormido de puro frío, si no es porque alguien me tomó de la mano—quise preguntarle su nombre, pero me costó pensar las palabras y no pude—y empezó a caminar, conmigo a regañadientes, con dirección a la ciudad.